Stalingrado: «Las condiciones en los sótanos eran espantosas. Los débiles rayos de luz que entraban por las ventanas elevadas –las pocas que no estaban obstruidas por los escombros- hacían vislumbrar los suelos cubiertos de basura y los cuerpos acurrucados en los rincones. Un humo asfixiante de aceite inflamable, vapores de pólvora y polvo de hormigón rasgaba las gargantas de los defensores y les hacía llorar los ojos. Lo único que tenían a su favor era la disposición de su fortaleza subterránea: las estancias separadas del sótano compartimentado ayudaban a contener las explosiones y las llamas de cada golpe alemán.
A las 14.00 horas, los zapadores decidieron subir la apuesta. Se introdujeron cargas satchel en los agujeros. Sus enormes detonaciones hicieron temblar los cimientos del edificio. A continuación, bajaron con cuerdas bidones llenos de gasolina con cargas explosivas adosadas. Las bolas de fuego resultantes rugieron por los pasillos subterráneos y succionaron el oxígeno del aire enrarecido. Conmocionados, aturdidos y con dolorosas quemaduras, los pocos defensores soviéticos que quedaban se retiraron a los rincones más alejados de los sótanos».